
¿Podemos aprender a no discriminar?
La respuesta inmediata y rápida es sí. Sin embargo, además de la voluntad de aprender, como sucede al incursionar en cualquier práctica, no discriminar implica también desaprender. Esto es lo más difícil, y el modelo de comunicación masiva actual no parece estar estimulando el cambio en el sentido deseado.
Derechos humanos con el viento en contra
A la humanidad le llevó miles de años de historia llegar a 1978. Ese año, la UNESCO firmó la Declaración sobre la Raza y los Prejuicios Raciales. No han pasado ni 50 años desde que un organismo global reconoció que: “Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte integrante de la humanidad”.
Este párrafo es clave, porque contradice los argumentos “racionales” que movieron el colonialismo, el expansionismo e incluso el esclavismo durante los cinco siglos anteriores. Esa idea de ser el poder “civilizatorio” frente a los “salvajes”, tal vez nos viene desde que los griegos llamaban bárbaros a todos aquellos que no hablaban su idioma.
Casi como consecuencia, la declaración de la UNESCO, además de ir contra el racismo, también se pronunció absolutamente en favor de la diversidad. La segunda frase de la declaración es que las personas y los grupos tienen derecho a ser diferentes y considerarse como tales, y que eso no debe desatar prejuicios raciales ni discriminación en su contra.
Excelente, todo bien. Sin embargo, el mundo parece ir en sentido contrario, porque estos principios tan valiosos no sólo han dejado de difundirse, es notorio que un gran grupo de personas y algunos gobiernos han empezado a actuar para regresar a los viejos prejuicios. Aquí el nuevo ecosistema de comunicación tiene mucho que ver. Las redes sociales están ayudando en ambos sentidos, desequilibrando la balanza que colocaba a la inclusión y la no discriminación en la vanguardia y al racismo en el segmento más atrasado de la sociedad. De llegar, un nuevo equilibrio podría no ser el más deseable.
Programados para pelear
Sucede que hay factores que van más allá del intelecto, y están mezclados con las emociones y el ADN de la humanidad. La doctora en Psicología Mahzarin Banaji de Harvard se ha dedicado a estudiar los impulsos inconscientes que nos hacen prejuiciosos, por lo menos. Para ella, es muy posible que los primeros grupos humanos tuvieran la necesidad de desarrollar un fuerte impulso de antagonismo contra otras tribus, en la disputa por los recursos naturales y el territorio. Es decir, el impulso por hablar de “ellos” contra “nosotros” estaría peligrosamente entretejido en nuestras mentes individuales y colectivas.
Las diferencias eran entonces simplemente una forma diferente de pintarse la cara, o plumas de distinto color, pero este mismo impulso llevaría más adelante a la enemistad entre ciudades, razas, naciones, y también a la discriminación por complexiones, género, estado físico o, más adelante, nivel socioeconómico.
Si esto es verdad, estamos “programados” para discriminar lo diferente. Pero, antes de declarar el caso cerrado e irnos a encender antorchas, lo que esta especialista plantea es que podemos cambiar, incluso desde dentro. Básicamente, si en el mejor estilo del psicoanálisis entendemos los “traumas” sociales que nos movieron a discriminar, podremos superarlos y avanzar. Es mucho lo que debemos desaprender, porque hay cosas que están sembradas en nuestra educación temprana por la familia y la sociedad misma.
Hemos logrado neutralizar las trampas intelectuales que nos pone la razón para justificar la discriminación y el racismo, por lo menos en el mainstream. Hemos llegado al consenso de que no hay razas inferiores, ni degradadas, ni salvajes. Pero nos falta enfocarnos en los factores emocionales o culturales para romper verdaderamente las cadenas del odio.
De lo contrario, y como hemos podido apreciar en los últimos años, también podemos ir de regreso hacia el racismo y la discriminación. Las redes sociales trabajan en ambos sentidos, como hemos dicho. En el nuevo ecosistema, éstas son aún más “neutras” que los medios tradicionales, porque estos están finalmente controlados por una estructura compuesta por socios, manuales de ética y comportamiento (con excepciones) y finalmente por el Estado.
¿Controlar o dejar pasar?
Las redes sociales son mucho más incontrolables centralmente, pero también son sumamente manipulables, como lo están descubriendo todos los gobiernos y facciones políticas del mundo. Basta el mensaje adecuado impulsado por granjas de bots para encender el fuego contra migrantes, creyentes de otras religiones, minorías, judíos, árabes, argentinos, mexicanos, mujeres, hombres o extraterrestres.
La situación, por ahora, está fuera de control. El odio cunde rampante, junto con los mensajes de solidaridad e inclusión. No parece haber modo de controlar estas fuerzas sin afectar aspectos como la libertad de expresión y el derecho a la información.
Una forma de influir es la actitud individual en las redes. Se puede cambiar en lo personal, siguiendo algunas reglas básicas, como no hablar de terceros en plural. Cualquier referencia a “los jóvenes”, “los pobres”, “los judíos”, “los argentinos”, “los mexicanos” está casi destinada a equivocarse. Sólo las personas en lo individual pueden tener ciertas características definitorias. Vaya, incluso nos equivocamos cuando generalizamos de forma positiva, diciendo que todos los mexicanos somos fiesteros o bailadores y que todos los japoneses son ordenados y corteses.
También, dejemos atrás la búsqueda de explicaciones simples y mágicas. Es la receta perfecta para las teorías conspiratorias, que casi irremediablemente llegan a un culpable universal. El movimiento MAGA y los grupos antiinmigración en Europa están llenas de esto: los bancos son de los judíos, los musulmanes son todos terroristas, los africanos son salvajes y los latinoamericanos sólo vienen a robar empleos. No sólo es una cuestión racial, así se llega también a explicar la absurda posición antivacunas: antes muertos que comprarle vacunas a la “big pharma”.
En la manera que consigamos reflejar posiciones menos discriminatorias en las redes sociales, también estaremos influyendo en esa gran incógnita que es la inteligencia artificial. Porque si la IA está aprendiendo del ecosistema de comunicación actual, el resultado no va a ser un criterio de respeto y equidad.
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