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Calificación soberana no es una crisis de imagen

Por Jorge Arturo Monjarás

El problema de la Calificación Soberana del país no es de origen reputacional, pero sí influye radicalmente en la percepción del país. Por ello, los políticos de cualquier partido en el poder intenten argumentar, minimizar o incluso denostar una rebaja en la calificación, que significa muchos millones de dólares en costos financieros para el gobierno federal. Para empezar, hay que dejar de enfocar el problema de la Calificación Soberana como una crisis de imagen.

Cómo califican las calificadoras

Los métodos que utilizan las calificadoras como Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch pueden variar, y sus proyecciones utilizar distintos métodos, pero algo es seguro: detrás hay un frío cálculo matemático que sustenta que esa Baa2 se convierta en Baa3. De hecho, para quien esté interesado en conocer más, cada una de estas firmas detalla exactamente cómo llega a su decisión.

Buscando por ahí cómo se han comportado históricamente las calificadoras con la deuda de México pueden encontrarse algunos “patrones” que tienen que ver más que nada con su propia cultura organizacional. Por ejemplo, S&P suele llevársela más despacio, es más lento para llegar a un cambio radical en sus calificaciones, y prefiere esperar hasta el momento de revisión debidamente calendarizado.

Fitch es más rápido y ligeramente más dado a bajar o subir calificaciones de forma urgente, por ejemplo. Por su parte, Moody’s ha llegado lo mismo a ser la mejor calificadora de la deuda mexicana que la más severa, alcanzando picos de euforia o insatisfacción.

Por ejemplo, allá por el año 2000, Moody’s fue la primera calificadora en dar el grado de inversión a México después del desastroso error de diciembre de 1995 que había hundido al país en una nueva crisis financiera. Se trata del famoso Baa3. La calificación fue subiendo de grado hasta que llegó a su pico histórico de A3 en 2014. ¿Qué había sucedido hasta entonces? Una continuación de la liberalización económica, que había dado su gran golpe con las Reformas Estructurales del gobierno de Peña Nieto.

México ya tenía el grave problema de violencia del crimen organizado, pero el consenso era que iba en el rumbo correcto en términos económicos y políticos. Nuevamente, las referencias no estaban en las campañas del gobierno federal o en los dichos del presidente, sino en los hechos: reforma legales que daban seguridad jurídica y alentaban la inversión en las empresas, además de un moderado control de las finanzas públicas. El gobierno de Peña Nieto iba a relajar esto último, pero hacia el final de su sexenio. Por esos años, dio también un golpe al Estado de Derecho que parecía no tan relevante, pero hoy lo es, la prisión preventiva oficiosa, que es un gran lastre para la defensa del ciudadano contra el Estado.

La calificación de Moody’s se mantuvo hasta junio de 2019. Luego: “de reversa, mami”, como dice la canción. Hoy, 7 años después, México vuelve a una calificación justo por encima del grado de inversión, pero desde el otro lado. Se cayó de la nube en que andaba.

Moody’s es la primera que pone a México a un grado de los bonos chatarra. S&P, con su tradicional parsimonia, solamente señaló una perspectiva negativa, pero el segundo zapato posiblemente va a caer.

Ante este panorama, no hay campaña de publicidad, Plan México o anuncio de inversiones millonarias que valga. Si el gobierno federal no cumple lo que han señalado claramente las calificadoras: el déficit fiscal, la falta de un Estado de Derecho, el imposible rescate de Pemex, no hay campaña de comunicación que salve el día.

Sin embargo, existe un factor en donde todavía podría influir el gobierno, asumiendo que lo haga a la perfección: la renegociación del T-MEC. Un tratado que garantice estabilidad en el terreno del comercio exterior es uno de los pocos logros que podría darle la vuelta a la tendencia… eso o un recorte en las finanzas públicas que no sea en los proyectos productivos.

Hay que entender que de los problemas financieros no se puede escapar con campañas de comunicación. Por cierto, la comunicación de la calificadoras es discreta, pero firme y destaca por su claridad. Finalmente no son jueces, sino observadores y así se comportan. Sólo acciones reales pueden contrarrestar este golpe a la Calificación Soberana y es lo que debería ocupar el centro de atención de los estrategas en el gobierno.

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