
Ya nadie cree en las puestas de Sol en Marte
por Jorge Arturo Monjarás
No hace mucho, atrapado en el tráfico por el paso de una procesión guadalupana de ciclistas en pleno febrero, dediqué mi tiempo al volante a scrollear* por mi Instagram. Tengo cosas buenas por ahí en mi cuenta, de verdad. Divulgadores científicos, contadores de historias, expertos en geopolítica, exdirectores de inteligencia de algún país que era respetable hace no muchos años, productores de contenido de fantasía, en fin, una fiesta.
Dándole furiosamente a la pantalla, di con una preciosa foto de la puesta de sol desde Marte. El Sol se veía blanco azulado entre las nubes aquellas de agua y bióxido de carbono (básicamente hielo seco, me dicen), llegando al horizonte marciano, a punto de sumergirse y dejar al planeta en la oscuridad y el silencio, me imagino. Precioso.
La foto venía acompañada con el texto “motivacional” de que ésta había sido la primera foto de un atardecer tomada desde Marte, y nos celebraba por ser la primera generación de gente que podía ver esta imagen, luego de miles de generaciones de humanos que nomás han podido ver las puestas del Sol en la Tierra, los pobrecitos.
Me felicité entonces a mí mismo por existir, y cometí el error de empezar a ver los comentarios. El gozo de vivir se tornó morbo, curiosidad y muchas ganas de bajarme del carro y subirme a una bicicleta rumbo a la Basílica.
Las facciones entran a escena
El gran público podía dividirse en varias facciones: estaban aquellos que festejaban la imagen, y agradecían a la cuenta por tan linda foto, bien; estaban aquellos que precisaban que esa foto debía haber sido tomada por el Perseverance, que todavía anda por ahí recorriendo suelo marciano, como el turista más aplicado de la historia… está bien.
Pero inmediatamente surgieron otros grupos de opinión: unos sostenían que ésta no podía ser ni de lejos la primera foto del atardecer en Marte, porque ya había muchas desde hace años. Que si desde la sonda Spirit en 2004, que si la Opportunity, que si desde las sondas orbitales de algunos años atrás… esta facción acusó al dueño de la cuenta de mentir con la fecha de la foto para ganarse likes.
Luego tomó fuerza una facción que simplemente tildó todo de inteligencia artificial. Este grupo se dividió a su vez entre los que simplemente decían que era fake, y los que aprovechaban para negar la posibilidad de que existiera una nave en Marte, porque la Tierra es plana, o porque Dios nunca lo hubiera permitido, o alguna cosa así.
La experiencia del atardecer en Marte dejó de ser placentera. El tráfico avanzó y más tarde no pude evitar buscar la foto e investigar sobre los inicios de la fotografía marciana. Descubrí que en efecto la foto del sol azulado era reciente, pero no nuevecita: data de 2023 y llamó la atención por sus tonos que nada tenían que ver con el planeta rojo. Así que me decepcioné un poquito del posteador motivacional inicial. Sí había manipulado las cosas para que cuadrara su bonito pensamiento, para no hablar de que en realidad esa foto ya la han visto cuatro generaciones, desde los Boomers hasta la Generación Z.
Me vino una reflexión acerca de si lo que vivimos en las redes sociales es de verdad un diálogo social o un concierto ensordecedor de soliloquios en donde, como en el juego de Juan Pirulero, cada quien atiende su juego. Sorprende mucho que haya gente capaz de rastrear las fotos de Marte en cualquier lugar para hacer valer su teoría terraplanista o creacionista.
Definitivamente vuela la cabeza pensar que, al fin y al cabo, nadie ha visto un anochecer en Marte. Hemos visto las imágenes que nuestros aparatos captan y dependemos de la forma de sus lentes, los filtros que hayan tenido, la forma en que volvieron esta información en unos y ceros y cómo éstos se reproducen en una pantalla que a saber qué calibración de colores tendrá realmente.
¿Qué es verdad?
Finalmente, es un reto traducir todo esto a la pregunta de cómo se puede comunicar realmente algo en esta era, en la que el deepfake asesinó toda posibilidad de encontrar la verdad en una imagen. Cómo se pueden dar buenas o malas noticias a través de la imagen, si ya no es posible saber qué es verdad, lo cual nos deja a las agendas grupales o personales de la audiencia.
Alguien exageró la panorámica de los incendios en Puerto Vallarta tras la captura de El Mencho, pero si le pregunto a amigos residentes en esta ciudad, me pueden jurar que la cosa fue mucho peor, porque impresiona más un camión ardiendo en vivo que 20 columnas de humo desde una foto aérea.
El peor efecto del deepfake no es lo falsificado, sino el impacto que tiene sobre lo real. La credibilidad que absolutamente ha muerto, en favor del “punto de vista” de cada persona, de acuerdo con sus ideas y objetivos personales. Si el mundo se hunde en el relativismo, ¿cómo podemos comunicar? Si no puedo probarle siquiera que estoy vivo a nadie del otro lado de las redes sociales, ¿cómo puedo contarle mi historia, mis valores y construir una reputación?

La táctica ha sido hasta ahora abusar de la forma. Si una empresa dice que sus valores son la defensa del medio ambiente, apoyándose en un video increíble de maripositas y delfines, con un locutor de voz súper respetuosa y noble, tendrá más posibilidades de que le crean. Si simplemente da una lista de todas las buenas obras que ha hecho, aunque sean hechos documentados y serios… no serán tantos los que le crean.
Cómo abrirle paso a la verdad, es el reto de aquí en adelante, para quien le interese.
*Nota: La palabra scrolling se empezó a usar en informática en 1971, porque la idea de subir y bajar por la pantalla se parecía a enrollar y desenrollar, para leer, un rollo o pergamino antiguo (un scroll). Hoy se aplica a las redes sociales en donde recorremos el contenido con un movimiento del dedo.
No hay una forma de traducir esto, a menos que adoptemos la palabra escrolear, o bien adoptemos el “deslizarnos” o “desplazarnos” por el Instagram. Creo que lo segundo no va a suceder. De scrolling se ha derivado últimamente “infinite scrolling”, equivalente a no parar de distraerse con las redes sociales, o “doom scrolling”, no parar de ver noticias funestas y tragedias.
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